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Pedro Páramo

Página 9

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»—¿Qué te hizo? —me preguntó.

»—Todavía no lo sé —le contesté.

»Al año siguiente naciste tú; pero no de mí, aunque estuvo en un pelo que así fuera.

»Quizá tu madre no te contó esto por vergüenza.

«...Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada...»

»Ella siempre odió a Pedro Páramo. "¡Doloritas! ¿Ya ordenó que me preparen el desayuno?" Y tu madre se levantaba antes del amanecer. Prendía el nixtenco. Los gatos se despertaban con el olor de la lumbre. Y ella iba de aquí para allá, seguida por el rondín de gatos. "¡Doña Doloritas!"

»¿Cuántas veces oyó tu madre aquel llamado? "Doña Doloritas, esto está frío. Esto no sirve." ¿Cuántas veces? Y aunque estaba acostumbrada a pasar lo peor, sus ojos humildes se endurecieron.

«...No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo.»

»Entonces comenzó a suspirar.

»—¿Por qué suspira usted, Doloritas?

»Yo los había acompañado esa tarde. Estábamos en mitad del campo mirando pasar las parvadas de los tordos. Un zopilote solitario se mecía en el cielo.

»—¿Por qué suspira usted, Doloritas?

»—Quisiera ser zopilote para volar a donde vive mi hermana.

»—No faltaba más, doña Doloritas. Ahora mismo irá usted a ver a su hermana. Regresemos. Que le preparen sus maletas. No faltaba más.

»Y tu madre se fue:

»—Hasta luego, don Pedro.

»—¡Adiós, Doloritas.

»Se fue de la Media Luna para siempre. Yo le pregunté muchos meses después a Pedro Páramo por ella.

»—Quería más a su hermana que a mí. Allá debe estar a gusto. Además ya me tenía enfadado. No pienso inquirir por ella, si es eso lo que te preocupa.

»—¿Pero de qué vivirán?

»—Que Dios los asista.

«...El abandono en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.»

—Y así hasta ahora que ella me avisó que vendrías a verme, no volvimos a saber más de ella.

—La de cosas que han pasado —le dije—. Vivíamos en Colima arrimados a la tía Gertrudis que nos echaba en cara nuestra carga. «¿Por qué no regresas con tu marido?», le decía a mi madre.

»—¿Acaso él ha enviado por mí? No me voy si él no me llama. Vine porque te quería ver. Porque te quería, por eso vine.

»—Lo comprendo. Pero ya va siendo hora de que te vayas.

»—Si consistiera en mí.

Pensé que aquella mujer me estaba oyendo; pero noté que tenía borneada la cabeza como si escuchara algún rumor lejano. Luego dijo:

—¿Cuándo descansarás?

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